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Asociación Solidaria de Insuficientes Renales


Argentina

Domingo 23 de Julio del 2017
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EDUCACIÓN HOSPITALARIA

Aprovecharon la diálisis para estudiar y lograron terminar la escuela primaria

En la vida sólo habían tenido tiempo para trabajar y cuidar a sus hijos. Pero la enfermedad se les cruzó en el camino. Pensaron que era el principio del fin. Se equivocaron. Marta Gallardo y Beatriz Micaela Cittro son dos mujeres que descubrieron que podían estudiar desde su sillón de diálisis. Lo lograron y la esperanza hoy llena sus días.


Marta Gallardo: “Los nietos me ayudaban a hacer la tarea para la casa”

Habría tenido ocho años cuando ya andaba pelando caña con su padre y sus ocho hermanos. Ya estaban acostumbrados a ver el amanecer en el campo. Al mediodía, llegaba su madre con la comida y se sentaban ahí nomás, en el cerco, recuerda Marta Gallardo, 60 años después. Está recostada en uno de los sillones de diálisis del Instituto Fresenius Medical Care. Cuatro horas seguidas. Tres veces a la semana. En sus manos sostiene con cuidado un tesoro que jamás hubiera pensado conseguir, y mucho menos en un instituto de diálisis: su diploma de terminalidad del nivel primario. Sonríe satisfecha.

Con 68 años, Marta es viuda, tiene cuatro hijos, 12 nietos, cuatro bisnietos y un hermano en silla de ruedas, al que cuidaba hasta que le dejaron de funcionar los riñones. Siempre vivió en el barrio Belgrano de Colombres, Cruz Alta, desde donde viaja a la ciudad para dializarse.

“En ese tiempo, cuando era chica, vivíamos en Colonia 4. A las cinco de la tarde volvíamos del cerco, cansados, a la casa. En una de esas, cuando tenía 19 años, conocí al que fue mi marido y ahí nomás comenzaron a llegar los hijos, y nunca tuve tiempo de agarrar un libro. Quedé viuda a los 30 años cuando todavía tenía mucho para hacer con los hijos”, cuenta Marta que dejó la escuela en tercer grado.

“Sabía poner mi nombre pero no mucho más. Sumaba y restaba porque la vida misma me ejercitaba”, cuenta mientras se dializa. Hace dos años, le ofrecieron aprovechar las horas que estaba en la máquina para realizar sus estudios primarios. “Al principio me pareció un poco raro que yo, con mis años, pudiera aprender, pero acepté y fue lo mejor que podría haber hecho. El profesor venía los lunes, miércoles y viernes dos horas por día. Primero conversábamos un poco de mí, de mi vida, de mi historia, y después empezábamos a estudiar”, recuerda con alegría.

Las mismas piernas que la sostenían durante horas en el cerco, ahora se doblaban en la cama para sostener el cuaderno. Las letras salían grandes, temblorosas al principio, pero después se iban afianzando. “El profesor siempre nos ayudaba. Nos tenía mucha paciencia. Se sentaba al lado de cada cama y estaba ahí el tiempo que hiciera falta”, cuenta de su profesor Walter .

“Antes de irme siempre nos daba tarea para la casa. A mí gracias a Dios que me ayudaban los nietos. No sé si hubiera podido cumplir con los deberes si no fuera por ellos”, ríe con ganas.

En el instituto de diálisis había tres alumnos que estudiaron todo el año 2015: Marta, Beatriz Citro y Francisco Medina . A fines del mes pasado, los tres recibieron su diploma de manos del ministro de Educación, Juan Pablo Lichtmajer , en un acto donde familiares y enfermeras aplaudieron a rabiar.

Beatriz Micaela Citro: “Creía que ya terminaba mi vida, pero recién comenzaba”

“Cuando me dijeron que me tenía que dializar de por vida, me desmayé. No quería saber nada con depender de una máquina. Pero ahora agradezco a quien la inventó. Porque durante esas cuatro horas diarias que permanecía conectada aprendí muchas cosas, mejoré muchísimo, conocí personas maravillosas y me curé de enfermedades del alma que ni sabía que las tenía. ¡Yo creía que ya se terminaba mi vida, pero resulta que recién comenzaba!” Beatriz Micaela Citro  ya no puede hablar. Las lágrimas le han empapado la almohada. Sólo su sonrisa, grande y muda, demuestra que está feliz, y que esa alegría le viene de adentro.

Desde hace cuatro años, cuando tenía 48 de edad, le diagnosticaron insuficiencia renal crónica. Beatriz tenía cinco hijas, y todas estudiaban, ese era su premio a la constancia, de tanto machacar en que la escuela es importante y que sin estudio no sos nadie. “Cuando me preguntaban por el nivel de escolaridad, en esos formularios que hay que llenar para cualquier trámite, me moría de vergüenza. Pero sabía que no era mi culpa. Mis padres tuvieron 12 hijos y era muy difícil mandarlos a la escuela a todos. En aquel tiempo lo importante era comer todos los días”, recuerda con la mirada perdida en la nada.

El padre de Beatriz era vendedor ambulante y su madre también lo acompañaba al campo, en Bella Vista, donde vivían, a ofrecer verdura y mercadería casa por casa. Se recuerda a sí misma ocupándose de sus hermanos más chicos, mientras los más grandes se encargaban de otras tarea del hogar. Nadie en la familia pensaba en la escuela. “En ese tiempo no era algo importante como ahora. Había otras prioridades”, dice recostada sobre el lado derecho, mientras la sangre impura sale de su brazo izquierdo y entra purificada gracias al “riñón mecánico”.

Recuerda que en 5° grado dejó de ir a la escuela y también que nadie se dio cuenta. Su madre siguió levantándose a las cinco de la mañana como todos los días, para amasar el pan y poner a hervir el maíz para la mazamorra. Nunca le extrañó que Beatriz estuviera en la casa, a la hora que debía estar en la escuela. Quizás primero pensó que iba al turno tarde, y por la tarde pensó que iba al turno mañana. Hasta que se olvidó de preguntar. Y también Beatriz se empezó a olvidar de lo poco que había aprendido. 

A los 16 años sintió el primer cosquilleo en el corazón, y se casó a los 17. “Siempre le remarcaba a mis hijas que tenían que estudiar para ser alguien en la vida. Quizás por eso una es profesora de matemática, otra estudia abogacía, la que vive en Ushuaia ya es maestra jardinera, otra es profesora de baile y estudia psicomotricidad y la más chica está terminando el secundario”. La sonrisa de Beatriz es completa.

Por eso, cuando el maestro  Walter  se presentó en medio de la sala de diálisis y fue preguntando cama por cama quién quería estudiar a Beatriz se le iluminó el corazón. Sintió lo que nunca había sentido desde que le diagnosticaron la insuficiencia renal aguda. “Me vino algo como de querer vivir y de sentir que haciendo esto, estudiando, puedo ser un ejemplo- dice-. No puedo creer que por mis estudios, mi familia esté orgullosa de mí”.


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